
Subí al avión que me llevaría a mi destino: una región gélida cuyo nombre no recuerdo. No era mi primera misión, pero sí lo era en una situación tan fría. En cuanto llegué fui adaptándome al ambiente y conociendo a los habitantes de aquella cabaña, con los que conviviría y a los que habría de traicionar.
Allí estaba ella, la que sería mi compañera encubierta, acumulando hielo en lo alto de la fachada, a las órdenes del enemigo. Por alguna razón no me resultaba extraño. Una niña señalaba el cúmulo de hielo diciendo “Mi anillo...”, pero no entendía qué quería decir. Esa niña formaba parte de una familia que vivía oculta en aquella casa. No sé por qué razón se mostraban ante mí.
Los días pasaban y yo aún no sabía cuál era mi verdadero objetivo en esa cabaña. Aunque no llegó a decirme su nombre, fui conociendo a mi compañera más profundamente. Seguía acumulando hielo, y la niña de nuevo señaló el cúmulo y gritó “¡Mi anillo!”.
El caso se me iba de las manos. El padre de la familia parecía ser mi aliado en aquellos oscuros días. Yo necesitaba saber por qué se acumulaba hielo sobre la fachada, y qué quería decir la niña con lo de su anillo, así que llegué a un acuerdo con su padre. El me ayudaría a eliminar el cúmulo de hielo si yo le garantizaba su salida de allí. Sospeché que sabía que pertenecía a la Agencia.
Me consiguió un soplete y comencé a deshacer el hielo. Ya casi estaba terminando cuando escuché un grito de mujer, seguido de un disparo. Estaba sobre el tejado. El susto hizo que el soplete se me resbalase de las manos, interrumpiendo mi trabajo. Desenfundé mi arma y me preparada para lo peor. Entonces, varias ráfagas de proyectiles se dirigían hacia mí rápidamente, pero logré parapetarme en el lado opuesto de la cabaña atravesando el tejado. El enemigo me había descubierto.
Sólo llevaba un cargador, así que mi puntería debía ser precisa, sin dar lugar al error. Aunque lejos de mis expectativas, solo tuve tres oponentes contra los que no reparé en vaciar el cargador. Mi experiencia me lo permitía.
La familia se marchaba de allí, y la niña volvió a señalar el poco hielo que quedaba, y volvió a decir “... mi anillo...”. Observé detenidamente el ya pequeño bloque de hielo y ví que había un diamante bastante grande en él, engarzado a lo que parecía ser un anillo de extraña factura.
Ahora todo encajaba:
El enemigo pretendía liberar el diamante del anillo mediante una explosión criogénica provocada por la acumulación de hielo unido a una sustancia química. Ese anillo pertenecía de forma hereditaria a la niña, pero se le fue arrebatado. Sin dudarlo, cogí el anillo y se lo devolví. La familia finalmente se marchó.
Me quedé con mi compañera herida hasta que la Agencia mandó un equipo de rescate. No llegué a conocer su nombre, y probablemente jamás lo sepa, pero siempre recordaré aquella vez que hicimos el amor...
Es increíble lo que da de sí un sueño de hora y media...Escuchando “
Erîch Zann -
Como Espejos”