El desafío emancipatorio |
No puede ser tan fácil
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Miércoles, 27 de Septiembre de 2006 Cuando me levanté, algo me decía que sería un día de cambios. Diría que ese algo tenía razón a medias, pues mis días seguían siendo igual de largos, y este no sería diferente. Con la no muy buena costumbre de levantarme tarde, Padre me recibió con una orden. “Limpia la escalera”, me dijo. Mi mundo se venía abajo cuando oí esas palabras. Estaba más que demostrado que tenía alergia al polvo, o a los ácaros, nunca lo tuve muy claro, y limpiar la escalera suponía exponerme a ello una vez más. Cuando terminé, me sorprendió no haber acabado estornudando. Apenas pasaron dos minutos cuando tuve que tragarme mis palabras. Le recordé a Padre las consecuencias de que yo barriera la escalera estornudando sin parar durante 5 o 6 minutos. Le molestaba no poder escuchar la televisión por mí, pero no podía decir nada. Ya estoy cansado de evitar molestias a los demás con mis consejos no escuchados, así que no me arrepiento de haber pasado a la acción, aunque seguramente Padre no tenga reparos en volverme a mandar limpiar la dichosa escalera. Era el último día antes de la reunión. El tiempo no podía transcurrir más despacio. Lo que sentía en ese momento no sabría si era nerviosismo o desesperación, o quizá todo junto, no lo sé. Decidí no dormir la siesta como otras veces, para poder acostarme antes y dormir, ya que tenía la mala costumbre de acostarme tarde. El tiempo no podía transcurrir más despacio. Después de cenar quise comprobar cómo quedaba mi nuevo corte de pelo sin barba, así que me afeité. No estaba del todo mal. Eso pensaba yo. No tenía mucho que hacer, así que me acosté pronto como quería, pero no podían faltar los oportunos vecinos con su reunión de medianoche y la música lo suficientemente alta como para no dejarme dormir. Lo contrarresté cerrando la ventana de mi cuarto y con música new age en la microcadena. Encontré el equilibrio sonoro perfecto fuera del silencio, pero no bastaba. Mis ojos no se cerraban. La costumbre que tenía de acostarme, en muchas ocasiones, a las 3:30 de la mañana no me dejó dormir, así que me resigné y me puse a jugar con el móvil hasta que el aburrimiento pudo conmigo al fin. Me levanté diez minutos antes de lo que pretendía, y no sé si era buena señal o no. Tras el ritual rutinario de todas las mañanas, me planteé si me pondría tobillera ese día, en parte para vacilar de lesión, y en parte para evitar que se me congelara el pie lesionado por las chanclas y un posible tiempo frío. Finalmente me la puse, por si acaso. De camino a la estación, pensé en aprovechar el viaje para calcular la hora de la salida del sol, y si a la hora a la que llegaríamos al lugar al que llevaría a Christine habría hecho su aparición ya. En cuanto a la tobillera, me di cuenta demasiado tarde de que no fue una buena idea. Los bordes de la planta del pie se estaban reajustando de muy mala manera, y como no me acostumbrara en poco tiempo, sería una reunión muy larga. Ya en el tren, mientras buscaba un asiento libre, me di cuenta de que una chica rubia me observaba. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué pensé en recordarla en mis memorias? ¿Por qué “me lo creí”? Encontré un buen sitio. El cielo estaba oscuro, e hizo que las ventanas se convirtiesen en espejos por dentro. Observé a esa chica, y ella seguía mirándome. Acabé por ignorarla. No era mi tipo. Al llegar a la siguiente estación, en la que bajaríamos Chris y yo para ver salir el sol, pude comprobar que aún no lo había hecho. Rogué por que para el día crítico no hayan cambiado el horario, o tendría un gran problema. Llegué a mi destino, la estación de Elx-Carrús, donde debía encontrarme con Janine, una compañera de clase, para ir juntos al hospital, donde habría de celebrarse la reunión, pero no estaba, así que le di un toque. No tardó en llamarme desde su casa para preguntarme si me encontraba ya en la estación, y le respondí que sí, y ella, que llegaría enseguida. Diez minutos más tarde, apareció. Estaba dormida, y yo la desperté. Creo que tuvo mucha suerte teniendo un compañero de fuera de Elche, y que le pidió que le acompañara a la reunión, o habría seguido durmiendo. El autobús que nos llevaría al hospital llegó bastante rápido. No teníamos tiempo que perder. Desgraciadamente, el viaje de ida no tuvo mucha conversación. Siempre he lamentado no tener mucha confianza con Janine. Es como si sólo pudiera confiar en una persona a la vez. El hospital nos vio llegar al fin, y en su puerta principal nos esperaban nuestra tutora y Sonya, otra compañera. Nos llevaron hasta el salón de actos del hospital, la tutora nos dio una tarjeta identificatoria a cada uno y la reunión dio comienzo. Tras una hora interminable sobre la función de cada área del hospital y su localización, cada uno de los asistentes debía buscar el lugar que le fue asignado y presentarse a su supervisor. Janine y yo fuimos juntos a buscar a mi supervisora y a su homónimo, para luego irnos juntos de vuelta. Mi supervisora resultó ser simpática y bonachona. Hasta me dio un protocolo que debía leer ese fin de semana para que el lunes siguiente empezara las prácticas con una base mínima. Encontrar al de Janine ya no fue tan fácil, porque el suyo se movía continuamente de un lugar a otro del hospital, así que decidimos esperar en un lugar por el que tarde o temprano pasaría. Transcurrieron 20 minutos de espera y el supervisor no aparecía. Janine me dijo que me fuera si quería, pero yo no veia justo que ella me acompañara y yo la dejase. Además, si me iba, el tiempo que habría estado esperando no hubiese servido para nada. No tardó mucho más en llegar el supervisor, aunque no sé cómo fue la cosa, ya que me fui a buscarlo una vez más, dejando a Janine esperando por si le daba por pasar por ahí. Acto seguido, volvíamos a casa, pero le dije a mi compañera que podríamos pasar por la academia en la que nos conocimos, pues allí se encontraban Christine y Caroline. Las dos habían decidido repetir el curso, y estaban en tiempo de recreo. Chris y Janine eran muy amigas desde hacía tres años, así que yo me quedé con Carol, pero nuevamente la conversación fue patética. Cuando estábamos a punto de irnos, Susan, otra antigua compañera, hizo acto de presencia, pero tan sólo la saludé. Ya nos íbamos, y aunque tenía una estación a tan sólo 5 minutos de la academia, decidí acompañar a Janine a su casa, a 15 minutos de la academia, pero a 2 de otra estación, en la que nos encontramos a primera hora. Aún quedaba media hora hasta que saliese el tren, por lo que subí con ella. No había nadie en su casa. No había nada que hacer, así que entramos a su cuarto y estuvimos unos veinte minutos pasando el rato... El tren no tardó mucho en llegar, por lo que subí y volví a casa.
Fecha: 07/10/2006 14:00.
Fecha: 08/10/2006 17:55.
Fecha: 08/10/2006 21:18. |