El desafío emancipatorio |
No puede ser tan fácil
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Capítulo II de Carrera Lunes, 2 de Octubre de 2006 Me levanté bastante bien a pesar de no haber dormido casi la noche anterior, con lo que desayuné y me lavé los dientes sin mucho agobio. Además, el hecho de no volver a llevar lentillas me ahorraba mucho tiempo a la hora de arreglarme. No sabía cómo estaba el tema del almuerzo, así que por si acaso, y sólo por si acaso, me hice un minibocadillo de dulce y cremoso salchichón. Salí temprano de casa a coger el autobús que me llevaría a la puerta del hospital. No era un autobús de línea, así que para acceder a él era necesario un carnet especial (en realidad sólo se trataba un trozo de cartulina azul con tu nombre y el logo de la compañía de autobuses impresos en ella), pero yo, a pesar de tener todo en regla en cuestión de pagos y demás, estaba esperando a obtener esa tarjeta. Subí como si nada, me senté donde pude, y el conductor, al darse cuenta de que entraba un extraño me pidió el carnet. “Ya está, se terminó mi viaje. ¿Ahora qué?”, pensé yo, al tiempo que cerraba los ojos y ponía cara de fracaso. “Está pedido ya”, dijo una voz de mujer detrás mía. Le seguí la corriente y repetí sus palabras al conductor, que se incorporó y siguió conduciendo. Al parecer, esa mujer era amiga de Madre, trabajadora del hospital y, por alguna razón que desconocía, estaba por encima del conductor. Al llegar a mi destino, fui a la oficina de la supervisora del quirófano, para que me indicara lo que debía hacer, pero llegó diez minutos tarde. Finalmente, me dijo el código (no tan) secreto del vestuario masculino para que me pusiera el uniforme pertinente y me asignó una mentora (todo auxiliar de enfermería que se encontraba allí era mujer). Tal vez fuese porque no conocía aquello, porque había una confianza allí que yo no tenía o porque ser auxiliar de enfermería no era mi vocación (sólo era un paso hasta la meta), pero siguiendo como un perrito a mi mentora Tony me sentía como una especie de parásito. Tuve que tragarme mi orgullo y seguir adelante con aquello. A mitad de la jornada, Tony me ofreció un descanso para almorzar, así que saqué lo que hube preparado. Cuál fue mi sorpresa al ver que en aquel servicio, el almuerzo lo traían de la cafetería, y era gratis. Dos bolsas llenas de pan blanco e integral del día tamaño bocadillo y una bandeja repleta de companaje era lo que les esperaba a la misma hora a los trabajadores de allí todos los días. No pude sentirme peor con mi bocadillo de pan descongelado y salchichón en la mano. Otra vez pedí que me tragara la tierra. De los peores días de mi vida, sin duda. Me levanté con unas ganas impresionantes de tocarme los huevos, pero no me extrañó. Llevaba mucho tiempo haciéndolo, y de repente me puse a “trabajar” y esa situación me chocó bastante. Suerte tenía de que era un trabajo entretenido, y no de esos que deseas que tu jefe haya muerto para no ir a trabajar. Era el segundo día que viajaba en autobús con aquel conductor. No comprendo cómo le dejaban conducir aquel vehículo, ya que lo hacía como un bacala con su moto: arrancaba pisando el acelerador a tope, cambiaba de marchas de forma frenética, y esperaba al último momento a frenar el vehículo. Hacía muchísimo tiempo que no me mareaba en un vehículo, pero aquel conductor estaba rompiendo mi logro. A pesar de ello, según pasábamos por Saint Gabriel, yo miraba la hora y la posición del sol. Sería un día perfecto. Nada más llegar al hospital, fui a ver a la supervisora, y le entregué el trabajo que debía hacer para aprobar las prácticas: una lista con todas las tareas que realizaba a lo largo del día y su modo de hacerlas. Su cara de sorpresa me sorprendió, valga la redundancia. Ella no sabía nada de nada (era su primer año como supervisora. El año anterior, su puesto era de otra persona), y me hizo varias preguntas cuya respuesta no dependía de mi. “¿Tengo que leerme todo esto?”, decía. Al final la convencí para que lo hiciese. O eso me parecía, ya que a mitad de la jornada, se presentó delante mía y me dijo: En efecto, una hora antes del final de la jornada, mi tutora Nancy se presentó y nos explicó cómo estaba el panorama. Resultó que estaba bien lo que hacía, pero no tanto el hecho de que lo entregara todos los días, sino que era preferible que lo hiciese cada semana o cada quince días. No sabía que sería peor, pero por si acaso, hice lo que me dijo. Al volver a casa, como ya no tenía que preocuparme de hacer el trabajo todos los días, sino que podía esperar al fin de semana, comprobé el precio del auténtico regalo de cumpleaños de Christine, el DVD original de Titanic, pero la versión más barata era de 19’95 €, así que decidí olvidarlo y buscar otra cosa. Más dolor de cabeza fue el resultado.
Fecha: 20/10/2006 16:16.
Fecha: 12/11/2006 13:43. |