El desafío emancipatorio



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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2006.

La reunión, 2ª parte

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Miércoles, 27 de Septiembre de 2006

Cuando me levanté, algo me decía que sería un día de cambios. Diría que ese algo tenía razón a medias, pues mis días seguían siendo igual de largos, y este no sería diferente. Con la no muy buena costumbre de levantarme tarde, Padre me recibió con una orden. “Limpia la escalera”, me dijo. Mi mundo se venía abajo cuando oí esas palabras. Estaba más que demostrado que tenía alergia al polvo, o a los ácaros, nunca lo tuve muy claro, y limpiar la escalera suponía exponerme a ello una vez más.

Cuando terminé, me sorprendió no haber acabado estornudando. Apenas pasaron dos minutos cuando tuve que tragarme mis palabras. Le recordé a Padre las consecuencias de que yo barriera la escalera estornudando sin parar durante 5 o 6 minutos. Le molestaba no poder escuchar la televisión por mí, pero no podía decir nada. Ya estoy cansado de evitar molestias a los demás con mis consejos no escuchados, así que no me arrepiento de haber pasado a la acción, aunque seguramente Padre no tenga reparos en volverme a mandar limpiar la dichosa escalera.


Jueves, 28 de Septiembre de 2006

Era el último día antes de la reunión. El tiempo no podía transcurrir más despacio. Lo que sentía en ese momento no sabría si era nerviosismo o desesperación, o quizá todo junto, no lo sé. Decidí no dormir la siesta como otras veces, para poder acostarme antes y dormir, ya que tenía la mala costumbre de acostarme tarde. El tiempo no podía transcurrir más despacio.

Después de cenar quise comprobar cómo quedaba mi nuevo corte de pelo sin barba, así que me afeité. No estaba del todo mal. Eso pensaba yo.

No tenía mucho que hacer, así que me acosté pronto como quería, pero no podían faltar los oportunos vecinos con su reunión de medianoche y la música lo suficientemente alta como para no dejarme dormir. Lo contrarresté cerrando la ventana de mi cuarto y con música new age en la microcadena. Encontré el equilibrio sonoro perfecto fuera del silencio, pero no bastaba. Mis ojos no se cerraban.

La costumbre que tenía de acostarme, en muchas ocasiones, a las 3:30 de la mañana no me dejó dormir, así que me resigné y me puse a jugar con el móvil hasta que el aburrimiento pudo conmigo al fin.


Viernes, 29 de Septiembre de 2006

Me levanté diez minutos antes de lo que pretendía, y no sé si era buena señal o no. Tras el ritual rutinario de todas las mañanas, me planteé si me pondría tobillera ese día, en parte para vacilar de lesión, y en parte para evitar que se me congelara el pie lesionado por las chanclas y un posible tiempo frío. Finalmente me la puse, por si acaso.

De camino a la estación, pensé en aprovechar el viaje para calcular la hora de la salida del sol, y si a la hora a la que llegaríamos al lugar al que llevaría a Christine habría hecho su aparición ya. En cuanto a la tobillera, me di cuenta demasiado tarde de que no fue una buena idea. Los bordes de la planta del pie se estaban reajustando de muy mala manera, y como no me acostumbrara en poco tiempo, sería una reunión muy larga.

Ya en el tren, mientras buscaba un asiento libre, me di cuenta de que una chica rubia me observaba. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué pensé en recordarla en mis memorias? ¿Por qué “me lo creí”? Encontré un buen sitio. El cielo estaba oscuro, e hizo que las ventanas se convirtiesen en espejos por dentro. Observé a esa chica, y ella seguía mirándome. Acabé por ignorarla. No era mi tipo.

Al llegar a la siguiente estación, en la que bajaríamos Chris y yo para ver salir el sol, pude comprobar que aún no lo había hecho. Rogué por que para el día crítico no hayan cambiado el horario, o tendría un gran problema.

Llegué a mi destino, la estación de Elx-Carrús, donde debía encontrarme con Janine, una compañera de clase, para ir juntos al hospital, donde habría de celebrarse la reunión, pero no estaba, así que le di un toque. No tardó en llamarme desde su casa para preguntarme si me encontraba ya en la estación, y le respondí que sí, y ella, que llegaría enseguida.

Diez minutos más tarde, apareció. Estaba dormida, y yo la desperté. Creo que tuvo mucha suerte teniendo un compañero de fuera de Elche, y que le pidió que le acompañara a la reunión, o habría seguido durmiendo.

El autobús que nos llevaría al hospital llegó bastante rápido. No teníamos tiempo que perder. Desgraciadamente, el viaje de ida no tuvo mucha conversación. Siempre he lamentado no tener mucha confianza con Janine. Es como si sólo pudiera confiar en una persona a la vez.

El hospital nos vio llegar al fin, y en su puerta principal nos esperaban nuestra tutora y Sonya, otra compañera. Nos llevaron hasta el salón de actos del hospital, la tutora nos dio una tarjeta identificatoria a cada uno y la reunión dio comienzo. Tras una hora interminable sobre la función de cada área del hospital y su localización, cada uno de los asistentes debía buscar el lugar que le fue asignado y presentarse a su supervisor. Janine y yo fuimos juntos a buscar a mi supervisora y a su homónimo, para luego irnos juntos de vuelta.

Mi supervisora resultó ser simpática y bonachona. Hasta me dio un protocolo que debía leer ese fin de semana para que el lunes siguiente empezara las prácticas con una base mínima. Encontrar al de Janine ya no fue tan fácil, porque el suyo se movía continuamente de un lugar a otro del hospital, así que decidimos esperar en un lugar por el que tarde o temprano pasaría. Transcurrieron 20 minutos de espera y el supervisor no aparecía. Janine me dijo que me fuera si quería, pero yo no veia justo que ella me acompañara y yo la dejase. Además, si me iba, el tiempo que habría estado esperando no hubiese servido para nada. No tardó mucho más en llegar el supervisor, aunque no sé cómo fue la cosa, ya que me fui a buscarlo una vez más, dejando a Janine esperando por si le daba por pasar por ahí.

Acto seguido, volvíamos a casa, pero le dije a mi compañera que podríamos pasar por la academia en la que nos conocimos, pues allí se encontraban Christine y Caroline. Las dos habían decidido repetir el curso, y estaban en tiempo de recreo. Chris y Janine eran muy amigas desde hacía tres años, así que yo me quedé con Carol, pero nuevamente la conversación fue patética. Cuando estábamos a punto de irnos, Susan, otra antigua compañera, hizo acto de presencia, pero tan sólo la saludé.

Ya nos íbamos, y aunque tenía una estación a tan sólo 5 minutos de la academia, decidí acompañar a Janine a su casa, a 15 minutos de la academia, pero a 2 de otra estación, en la que nos encontramos a primera hora. Aún quedaba media hora hasta que saliese el tren, por lo que subí con ella. No había nadie en su casa. No había nada que hacer, así que entramos a su cuarto y estuvimos unos veinte minutos pasando el rato...

El tren no tardó mucho en llegar, por lo que subí y volví a casa.

07/10/2006 01:49 Autor: panoman. Permalink. Tema: Carrera Hay 5 comentarios.

El novato, 1ª parte

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Capítulo II de Carrera

Lunes, 2 de Octubre de 2006

Me levanté bastante bien a pesar de no haber dormido casi la noche anterior, con lo que desayuné y me lavé los dientes sin mucho agobio. Además, el hecho de no volver a llevar lentillas me ahorraba mucho tiempo a la hora de arreglarme. No sabía cómo estaba el tema del almuerzo, así que por si acaso, y sólo por si acaso, me hice un minibocadillo de dulce y cremoso salchichón.

Salí temprano de casa a coger el autobús que me llevaría a la puerta del hospital. No era un autobús de línea, así que para acceder a él era necesario un carnet especial (en realidad sólo se trataba un trozo de cartulina azul con tu nombre y el logo de la compañía de autobuses impresos en ella), pero yo, a pesar de tener todo en regla en cuestión de pagos y demás, estaba esperando a obtener esa tarjeta. Subí como si nada, me senté donde pude, y el conductor, al darse cuenta de que entraba un extraño me pidió el carnet. “Ya está, se terminó mi viaje. ¿Ahora qué?”, pensé yo, al tiempo que cerraba los ojos y ponía cara de fracaso.

“Está pedido ya”, dijo una voz de mujer detrás mía. Le seguí la corriente y repetí sus palabras al conductor, que se incorporó y siguió conduciendo. Al parecer, esa mujer era amiga de Madre, trabajadora del hospital y, por alguna razón que desconocía, estaba por encima del conductor.

Al llegar a mi destino, fui a la oficina de la supervisora del quirófano, para que me indicara lo que debía hacer, pero llegó diez minutos tarde. Finalmente, me dijo el código (no tan) secreto del vestuario masculino para que me pusiera el uniforme pertinente y me asignó una mentora (todo auxiliar de enfermería que se encontraba allí era mujer). Tal vez fuese porque no conocía aquello, porque había una confianza allí que yo no tenía o porque ser auxiliar de enfermería no era mi vocación (sólo era un paso hasta la meta), pero siguiendo como un perrito a mi mentora Tony me sentía como una especie de parásito. Tuve que tragarme mi orgullo y seguir adelante con aquello.

A mitad de la jornada, Tony me ofreció un descanso para almorzar, así que saqué lo que hube preparado. Cuál fue mi sorpresa al ver que en aquel servicio, el almuerzo lo traían de la cafetería, y era gratis. Dos bolsas llenas de pan blanco e integral del día tamaño bocadillo y una bandeja repleta de companaje era lo que les esperaba a la misma hora a los trabajadores de allí todos los días. No pude sentirme peor con mi bocadillo de pan descongelado y salchichón en la mano. Otra vez pedí que me tragara la tierra. De los peores días de mi vida, sin duda.


Martes, 3 de Octubre de 2006

Me levanté con unas ganas impresionantes de tocarme los huevos, pero no me extrañó. Llevaba mucho tiempo haciéndolo, y de repente me puse a “trabajar” y esa situación me chocó bastante. Suerte tenía de que era un trabajo entretenido, y no de esos que deseas que tu jefe haya muerto para no ir a trabajar.

Era el segundo día que viajaba en autobús con aquel conductor. No comprendo cómo le dejaban conducir aquel vehículo, ya que lo hacía como un bacala con su moto: arrancaba pisando el acelerador a tope, cambiaba de marchas de forma frenética, y esperaba al último momento a frenar el vehículo. Hacía muchísimo tiempo que no me mareaba en un vehículo, pero aquel conductor estaba rompiendo mi logro. A pesar de ello, según pasábamos por Saint Gabriel, yo miraba la hora y la posición del sol. Sería un día perfecto.

Nada más llegar al hospital, fui a ver a la supervisora, y le entregué el trabajo que debía hacer para aprobar las prácticas: una lista con todas las tareas que realizaba a lo largo del día y su modo de hacerlas. Su cara de sorpresa me sorprendió, valga la redundancia. Ella no sabía nada de nada (era su primer año como supervisora. El año anterior, su puesto era de otra persona), y me hizo varias preguntas cuya respuesta no dependía de mi. “¿Tengo que leerme todo esto?”, decía. Al final la convencí para que lo hiciese. O eso me parecía, ya que a mitad de la jornada, se presentó delante mía y me dijo:
- Yo no voy a leerme todos los días esta parrafada – se trataba de una página y media – y encima firmarla como que lo he hecho. Tendré que hablar con tu tutora para ver lo que me dice.
- Vale. A lo largo del día tiene que venir para darte unos papeles. Cuando lo haga, ¿podrías avisarme para enterarme mejor cómo está lo del trabajo? – respondí.
- De acuerdo – dijo ella. Y se fue.

En efecto, una hora antes del final de la jornada, mi tutora Nancy se presentó y nos explicó cómo estaba el panorama. Resultó que estaba bien lo que hacía, pero no tanto el hecho de que lo entregara todos los días, sino que era preferible que lo hiciese cada semana o cada quince días. No sabía que sería peor, pero por si acaso, hice lo que me dijo.

Al volver a casa, como ya no tenía que preocuparme de hacer el trabajo todos los días, sino que podía esperar al fin de semana, comprobé el precio del auténtico regalo de cumpleaños de Christine, el DVD original de Titanic, pero la versión más barata era de 19’95 €, así que decidí olvidarlo y buscar otra cosa. Más dolor de cabeza fue el resultado.


(Continuará...)

18/10/2006 19:16 Autor: panoman. Permalink. Tema: Carrera Hay 3 comentarios.


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